La reciente adjudicación del Mundial de Fútbol a Estados Unidos se ha convertido rápidamente en una jugosa oportunidad de negocio para Donald Trump y Gianni Infantino. Ambos han visto en este evento no solo una celebración del deporte más popular del mundo, sino también un modo de enriquecerse a través de los espléndidos ingresos que se generan en torno a un evento de esta magnitud. No es casualidad que la frase «¿Dónde está la bolita?» resuene tanto en el contexto económico del fútbol: como un truco de magia en el trile, donde la atención se centra en un garbanzo que a menudo se escapa de la vista, aquí el foco está en los enormes flujos de capital que rodean al torneo. El interés de estos magnates en el balón es innegable, y los jugadores de este juego son parte de una estrategia más amplia que involucra a actores clave en el sistema financiero, como JP Morgan y los Kushner, la familia vinculada a Trump y sus ambiciones empresariales.
Mientras tanto, el papel de Joshua Kushner, el hermano de Jared, se vuelve vital en este entramado económico que siente la UEFA de Ceferino en su punto de mira. La UEFA, celosa guardiana de una de las competiciones más prestigiosas, la Champions League, ha expresado su descontento ante lo que percibe como una explotación del fútbol por parte de la FIFA y de sus aliados. En su opinión, no pueden seguir viendo cómo se dilapidan los ingresos en pro del enriquecimiento personal de unos pocos. La proximidad de la votación del 19 de septiembre, día de San Genaro, añade un aire de expectación al debate, mostrando que la lucha por el control sobre el balompié internacional está lejos de ser una batalla resuelta.
Con el siguiente Mundial programado para desarrollarse en Marruecos y el visto bueno de planes para otro en Cuba, se plantea un escenario desolador para algunos aficionados que ven en estas transacciones un interés que eclipsa el espíritu del deporte. Las intrigas y los conflictos de interés, envolviendo a Trump y Infantino en una danza de negocio más que de competición, hacen que muchos se pregunten si el fútbol, tal como lo conocíamos, ha llegado a su ocaso. Las sombras del marketing agresivo y las privatizaciones están escalando posiciones, mientras que la esencia del juego, la verdadera pasión de un Mundial, se siente como algo distante y commodificado.
En el contexto europeo, el Real Madrid celebra su propia realidad financiera, un aspecto que despierta admiración y envidia. A pesar de haber tenido una temporada deportiva poco destacada, el club merengue reporta récords históricos en ingresos. Este fenómeno no ha pasado desapercibido para los Kushner; su mirador hacia las nuevas estrellas del fútbol puede que inspire ciertos movimientos financieros y de mercado. El entusiasmo por fichajes absurdamente altos se asemeja a una era de inflación que asustó a Europa en tiempos pasados, mientras la tasación de jugadores se convierte en un espectáculo en sí misma. Es un reflejo de cómo el fútbol se ha transformado en un terreno de inversión donde el sentido común se ha desvanecido.
Finalmente, este ambiente desenfrenado de cifras astronómicas plantea serias inquietudes sobre hacia dónde se dirige el deporte rey. La falta de valores y principios en la gestión financiera del fútbol contrasta con los últimos esfuerzos del Real Madrid por aprovechar su cantera de Valdebebas, un activo del que la directiva se enorgullece. Sin embargo, la búsqueda de un Baresi en el mercado se convierte en una quimera, dejando el panorama deportivo con una sensación de desamparo. Las comparaciones históricas entre este periodo de inflación futbolística y momentos oscuros de la historia nos llevan a reflexionar: ¿estamos ante el amanecer de un nuevo caos o simplemente ante el último capítulo del fútbol tradicional? Es una pregunta que los aficionados y críticos del deporte se harán en el futuro cercano.



