En la actualidad, vivimos una época de avances tecnológicos que a menudo parecen sacados de una novela de ciencia ficción. Como se destaca en el último artículo de Arianna Huffington, la inteligencia artificial (IA) ha logrado hazañas que antes parecían imposibles, como resolver uno de los problemas del Millennium Prize. Este progreso impulsa sentimientos de asombro, no solo entre científicos e investigadores, sino también entre el público en general. El AlphaGenome Atlas de Google DeepMind, que predijo los efectos de posibles cambios en el genoma humano, es otro ejemplo de cómo la IA está redefiniendo nuestro entendimiento de la biología. Sin embargo, a medida que celebramos estas victorias, es esencial recordar que detrás de cada avance hay una historia humana que merece reconocimiento y reflexión.
Dacher Keltner, profesor de psicología en Berkeley, ha estudiado el impacto que las experiencias de asombro tienen en nuestra salud mental y física. Según sus hallazgos, la sensación de asombro se produce cuando nos encontramos ante algo vasto que supera nuestra comprensión actual del mundo. Las victorias de la IA son sin duda impactantes, pero en un estudio reciente, Keltner revela que las fuentes más comunes de asombro provienen de acciones humanas como la amabilidad y el coraje. Este hallazgo nos invita a reconsiderar qué consideramos verdaderamente asombroso en nuestras vidas. Aunque una máquina puede generar maravillas, el asombro genuino a menudo surge de experiencias compartidas y emocionales entre las personas.
El concepto de «belleza moral» acuñado por Keltner ofrece un nuevo enfoque sobre lo que genera asombro. Observando el coraje y la amabilidad de las personas en situaciones desafiantes, el 95% de las historias de asombro analizadas provino de actos desinteresados por parte de otros. Esto nos lleva a entender que, a pesar de la era digital y el predominio de la tecnología en nuestras vidas, la conexión humana sigue siendo el núcleo de nuestras experiencias más profundas y conmovedoras. El poder de la belleza moral, abrazado por la comunidad y la empatía, subraya la importancia de encontrar momentos de asombro que no dependen de los avances tecnológicos, sino de la esencia humana.
Sin embargo, el asombro que provoca la tecnología, como lo señala Arianna Huffington, tiene un coste significativo. La naturaleza del «sublime tecnológico» muestra que, a través de los logros tecnológicos, a menudo perdemos la conexión con lo que realmente importa: nuestras relaciones personales y nuestra humanidad compartida. David Nye, en su análisis sobre el asombro tecnológico, advierte que esta majestuosidad puede divorciarnos de la experiencia humana al convertirnos en meras observadores de nuestras sociedades. Esto es especialmente relevante en el contexto actual, donde nuestros dispositivos móviles facilitan la conexión a distancia, pero al mismo tiempo nos aíslan de las personas que están cerca de nosotros, creando un dilema sobre qué significa realmente estar conectados.
Albert Einstein, en una de sus reflexiones más célebres, enfatiza que el interés por el bienestar humano debe ser la prioridad en cualquier avance técnico. Esto resuena en la necesidad de equilibrar nuestro asombro por los logros de la IA con un compromiso profundo hacia el bienestar de la humanidad. Huffington concluye que, aunque la tecnología puede inspirar asombro, nuestras vidas diarias y la belleza moral que encontramos en nuestras interacciones humanas son igualmente, si no más, significativas. Por lo tanto, debemos esforzarnos por cultivar momentos de asombro en nuestras rutinas, reconociendo que estos momentos son accesibles a todos y no dependen de la tecnología, reafirmando nuestra conexión esencial como seres humanos.



